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viernes, 30 de marzo de 2012

Fragmento del libro Don Segundo Sombra


Ricardo Güiraldes 
 (…) Dos veces oímos repetir el versito por una voz cada vez más pastosa y burlona.
Don Segundo levantó el rostro y, como si recién se apercibiera de que a él se dirigían los decires del tape Burgos, comentó tranquilo:
-Vea amigo..., vi’a tener que creer que me está provocando.

Tan insólita exclamación, acompañada de una mueca de sorpresa, nos hizo sonreír a pesar del mal cariz que tomaba el diálogo. El borracho mismo se sintió un tanto desconcertado, pero volvió a su aplomo, diciendo:


-¿Ahá? Yo creiba que estaba hablando con sordos.
-¡Qué han de ser sordos los bagres con tanta oreja! Yo, eso sí, soy un hombre muy ocupao y por eso no lo puedo atender ahora. Cuando me quiera peliar, avíseme siquiera con unos tres días de anticipación.
No pudimos contener la risa, malgrado el asombro que nos causaba esa tranquilidad que llegaba a la inconsciencia. De golpe, el forastero volvió a crecer en mi imaginación. Era el «tapao», el misterio, el hombre de pocas palabras que inspira en la pampa una admiración interrogante.
El tape Burgos pagó sus cañas, murmurando amenazas.
Tras él corrí hasta la puerta, notando que quedaba agazapado entre las sombras. Don Segundo se preparó para salir a su vez y se despidió de Don Pedro, cuya palidez delataba sus aprensiones. Temiendo que el matón asesinara al hombre que tenía ya toda mi simpatía, hice como si hablara al patrón para advertir a Don Segundo.
-Cuídese.
Luego me senté en el umbral, esperando, con el corazón que se me salía por la boca, el fin de la inevitable pelea.
Don Segundo se detuvo un momento en la puerta, mirando a diferentes partes. Comprendí que estaba habituando sus ojos a lo más oscuro, para no ser sorprendido. Después se dirigió hacia su caballo caminando junto a la pared.
El tape Burgos salió de entre las sombras y creyendo asegurar a su hombre, tiróle una puñalada firme, a partirle el corazón. Yo vi la hoja cortar la noche como un fogonazo.
Don Segundo, con una rapidez inaudita quitó el cuerpo, y el facón se quebró entre los ladrillos del muro con nota de cencerro.
El tape Burgos dio para atrás dos pasos y esperó de frente el encontronazo decisivo.
En el puño de Don Segundo relucía la hoja triangular de una pequeña cuchilla. Pero el ataque esperado no se produjo. Don Segundo, cuya serenidad no se había alterado, se agachó, recogió los pedazos de acero roto y con su voz irónica dijo:
-Tome, amigo, y hágala componer, que así tal vez no le sirva ni pa carniar borregos. (…)
Daniel Ford